Pintar con colores lo que un día fue olvido

Hace rato quería hacer algo especial en Medellín porque siempre he pensado que le debo, que he tenido esa deuda desde siempre para curar el dolor de esa cuna rota en la que nací.
En cualquier lugar puede pasar cualquier cosa, pero hay lugares con energías tan potentes que no sabes si la energía es lo que hace que ocurran las cosas o las cosas que ocurrieron hacen que exista una energía así. Después de tantos años me lo sigo preguntando porque, aunque el poder reparador y resiliente de mi ciudad es algo que siempre me enorgullece y me inspira, sigue representando una dualidad, como vivir entre el bien y el mal constante, sea por lo uno o sea por lo otro.
A mí lo que más me consta y se me grabó en los huesos fue la década de los 80´s “los niños son esponjas que aprenden todo”. Yo nunca elegí ser una esponja para aprender como suena una bomba y el tiempo que tardan en romperse los cristales, como queda una cabeza reventada de un cuerpo que salto desde un piso 17 y el sonido de ese “batacazo”, conocer el olor a muerte y tener algún huequito en el árbol genealógico porque a alguien se le metió la idea de que quien ocupaba ese lugar ya no debía existir.
No puedo evitar llorar mientras escribo esto y veo como esas imágenes se dibujan en mi mente como si fueran recuerdos de una vida pasada. No puedo evitar recordar esa sensación de haber nacido en un lugar al que nadie quería ir, y que para mí era poco lo que podía vivirlo porque crecí “por mi seguridad” encerrada.
Han pasado muchos años, pero aún recuerdo como sonaba el miedo dentro de mí, creo que ahí empezó todo. Ese deseo/necesidad de componer canciones, aunque para ese entonces era solo un tarareo sin sentido pero que lograba camuflar los pensamientos, la memoria de las noticias y la película constante que se armaba en mi cabeza cada vez que algo sucedía con “Pablo” y que me hacía pensar de una forma poco lógica, que vendría por mí.
Claro que le debía a Medellín, como se le debe a una casa desajustada el hacerle algún día una reparación y darle una manito de pintura para que se forme un nuevo recuerdo. Le debía unos nuevos colores y una canción que tuviera entre líneas esa reconstrucción que yo también le hice a esta casa a la que llamo “mi vida”.
Siete minutos son poco para contar todo lo que hay detrás de un proyecto, la historia, el trabajo, el deseo. Ni que decir de lo que sucede con 3 minutos de canción en la que un suceso transcurre y hay que hacer que una sola palabra narre páginas enteras. “Pintare Mándalas” es para mí un montón de significados, pero hoy quería dedicar este blog a contarles este pedacito de historia que, aunque la llevo como un tatuaje en mi biografía no siempre cuento. Yo le debía a Medellín.
Le debía que incluso quienes, como yo han tenido esta suerte de nacer aquí la pudieran ver con otros ojos, como quien descubren un billete olvidado en el bolsillo de un pantalón que hace meses no usa. Esta ciudad es linda y para mi está llena de colores y deseos, de amores y desamores como la vida misma, como la historia personal que me ha llevado a escribir tantas canciones.