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Telarañas en el Cielo

Ayer cerca de las 7 de la noche comenzaron a alumbrar los primeros relámpagos en el cielo. Los truenos retumbaban cada vez con menor diferencia de tiempo entre la luz y el sonido.

‘¿Será Pedro o será Pablo?’ dijo mi mamá con toda naturalidad. Yo no entendí.

Vivimos en una ciudad que está rodeada de montañas que no son iguales. En el Occidente habita la violencia, la maldad, los menores de edad en motos y armados, los sicarios, escapularios que cuelgan del gatillo, balas perdidas.

Esto lo sé por el noticiero que ve mi papá cada noche.

En el oriente vive la gente bien, las casas y edificios de millones, seguridad, comodidad, clubes de moda, relojes caros, carros y choferes. Espacios de muchos metros entre casa y casa, viajes a Disney.

Esto lo sé porque casi todas mis compañeras del colegio viven a ese lado de la ciudad, del otro lado del río como ellas dicen.

Nosotros vivimos en una especie de limbo, no somos ni de un lado ni del otro, estamos justo en el valle en medio de las dos montañas. No sé si será un lugar privilegiado. También podría ser una forma de castigo ser solo un espectador.

Igual quisiera aclarar que si me dieran a elegir no sabría muy bien en que montaña quisiera vivir. En el occidente, la de las comunas, aparentemente muere más gente, aunque nunca nos enteramos de un número exacto.

En la televisión a veces cuentan de chicos casi de mi edad que mueren en balaceras. A mí me da la impresión de que los periodistas medio se alegran dando este tipo de noticias, como si fuera bueno que un sicario muriera.

Y, aunque en el oriente también se muere gente, los que se mueren a ese lado son “gente bien”. Cuando se muere gente bien, nos ponemos más tristes.

La noche siguió como de costumbre, mi papá en el sofá viendo el noticiero de las siete, mi mamá en la cocina haciendo la comida y yo con los dos y con ninguno. Cuando oscurece me pongo muy nerviosa. Las cosas malas no ocurren a la luz del sol.

La tempestad en las noches viene a recordarnos que no estamos solos, ilumina las montañas de enfrente, las deja ver por segundos, aunque no podamos ni siquiera adivinar lo que ocurre en ellas después de las seis de la tarde.

Los geógrafos dicen que estamos en un lugar que atrae este tipo de tempestades y que es algo natural. A mí me parece un cruel juego del destino para confundirnos.

A las 10:00pm como de costumbre, ya cada quien estaba en su cama luego de asegurar la puerta con doble llave y revisar que las bolsas de basura estuvieran bien pegadas a las ventanas por si esa noche era ‘San Pablo’ y corríamos con la mala suerte de que fuera cerca. En ese caso se podrían romper los vidrios y las bolsas eran nuestro mejor y más seguro refugio.

Mientras dormía un fuerte trueno movió mis sueños. No me desperté. Era natural, parte de la tempestad.

Hoy en la mañana mientras tomaba el milo de cada día, mi papá me pregunto si había escuchado el estruendo de anoche.

  • ¿El trueno? - Pregunté yo.
  • No, la bomba - Respondió mi papá.
  • Las bombas – resaltó mi mamá – gracias a Dios no se rompieron los vidrios y al parecer solo murieron 30 personas. Gracias a Dios.

Ese día en el colegio en los pasillos podía oírse ‘¿Escuchaste?’ ‘Yo no dormí más’ ‘Fue al lado de mi casa’. A nadie escuché hablar de por lo menos una de las 30 personas que murieron.

Yo sigo sin entender cuando llorar o cuando dar gracias.

Aunque lo pensé, nunca pregunté cuáles eran los muertos que debieran doler.

Luego había otro tipo de truenos, los de verdad, los del cielo de San Pedro, los que anunciaban una lluvia que siempre me resulto extraña, especialmente cuando mi mamá me decía que debía sacar ponchera porque iban a llover hasta maridos. Yo siempre muy obediente puse la ponchera, sin que nadie me viera, al lado de la ventana. Nunca cayó nada.

Ya ni me acuerdo cuantos años tenía cuando descubrí que era solo un dicho igual de real que la expresión en inglés ‘pooring cats and dogs’ (lloviendo gatos y perros). Igual creo que algo de eso funcionó y eso explicaría las múltiples bodas que tendría en los años por venir.